Compartimos este ensayo de un joven pensador boliviano, una lectura insoslayable sobre las convicciones.

¡Las ideas se tienen, en las creencias se está!

Por Harold kurt

“Las convicciones son más peligrosos enemigos de la verdad que las mentiras.”

Friedrich Nietzsche

En la novela Tiempo de silencio (1961), de Luis Martín-Santos, el autor narra la anecdótica e ilustrativa lección de una conferencia que ofreció Ortega y Gasset en 1949 y que a la letra dice:

“Señoras (pausa), señores (pausa), esto (pausa), que yo tengo en mi mano (pausa) es una manzana (gran pausa). Ustedes (pausa) la están viendo (gran pausa). Pero (pausa) la ven (pausa) desde ahí, desde donde están ustedes (gran pausa). Yo (gran pausa) veo la misma manzana (pausa) pero desde aquí, desde donde estoy yo (pausa muy larga). La manzana que ven ustedes (pausa) es distinta (pausa), muy distinta (pausa) de la manzana que yo veo (pausa). Sin embargo (pausa), es la misma manzana (sensación).”

Apenas repuesto su público del efecto de la revelación, condescendiente, siguió hablando con pausa para suministrar la clave del enigma:

“Lo que ocurre (pausa), es que ustedes y yo (gran pausa), lo vemos con distinta perspectiva (tableau)”.

El filósofo español llevaba en la mano una manzana, pero de la discordia, porque hacía dudar de la realidad que percibían los sentidos. A cierta distancia ni siquiera se hubiera podido asegurar que la manzana que tenía Ortega era natural o de plástico. O si la hubiera mordido para mostrar luego al público solo la parte de la mordida, la perspectiva hubiera sido aún más que opuesta a lo que el público y él percibían.

¿Cómo podemos entendernos si viendo lo mismo lo pensamos y percibimos diferente?

Para ilustrar este asunto, permítanme narrarles un cuento antiguo que, posiblemente algunos ya lo conozcan y que ha sido contado, para ironía del mismo relato, de diferentes maneras.

Cuentan que en cierta ocasión, siete ciegos se acercaron un día a un animal que no conocían y cada uno al tocarlo dio una descripción de acuerdo a su propia percepción. Al acercarse les dijeron que el animal al que acercaban era un elefante. El primer hombre tocó el pecho del animal y dijo: “El elefante es como un muro”. El segundo hombre que tocó el colmillo del elefante, objetó: “Más bien el elefante es pequeño, suave al tacto y con un extremo afilado, más parecido a una lanza que a un muro”. El tercer hombre, que tocó la oreja del animal, continuó: “El elefante es como una enorme hoja”. El cuarto hombre, que puso su mano sobre la trompa del animal aseveró que el elefante era como una serpiente gigante. El quinto, que tocó una de las piernas del animal, afirmó que era como un poste corto y grueso. Por último, el sexto, que montó el elefante, aseguró que era una montaña movediza.

El cuento ilustra la situación de cualquier ser humano que se enfrenta por primera vez a algún evento desconocido. El punto de vista desde el cual se mira es muy reducido. Cuando uno se interesa en una situación y, como se dice coloquialmente, da vueltas en el asunto, entonces comienza a verla desde diferentes ángulos y, por tanto, tiene una idea más completa que aquel que solo ve el evento por primera vez.

Las conclusiones que alguien realice sobre un asunto dependerán de su punto de vista. Algo similar sucede con la experiencia. Las personas experimentadas son aquellas que a lo largo de los años han intervenido en alguna situación de diferentes maneras. Su conocimiento es más vasto que la del novato. Pero debemos admitir que los años no garantizan un mayor conocimiento. El operario podría estar haciendo siempre lo mismo y de la misma forma. En ese caso no se podría hablar de ganancia en la experiencia.

Esto nos lleva a una idea inesperada. Lo que creemos que puede ocurrir o podría darse de alguna manera, no necesariamente corresponde a lo que ocurre. Con el sentido de la vista no falta el que cree -y son muchos- que considera este sentido como una especie de cámara de filmación que recorre el mundo y almacena las imágenes en la memoria cual, si fuera la tarjeta microSD de un teléfono celular, y que al recordarlo se reproduce la filmación tan fiel como fue “grabada”. Crean o no que así suceda, casi nadie dudaría que lo que recuerda es fidedigno. Sin embargo, variados experimentos han demostrado lo contrario. Los recuerdos no son reproducidos fielmente, sino que son interpretados cuando los recordamos. Esas interpretaciones pueden contener imágenes que la conciencia añade para reemplazar lo que no pueda recordar y de esta manera dar sentido a lo recordado. Un niño que recibe unas monedas regaladas por algún padrino quizá las considere como una fortuna. Con el tiempo la imagen de las monedas podría disolverse, pero perduraría el recuerdo de que el padrino le regalaba fortunas. Es muy común que la pequeña casa en que se vivía en la niñez se la recuerde como cual si hubiera sido enorme.

Hace muchos años quisimos demostrar en un grupo de estudios esta ilusión, de cómo los recuerdos son distorsionados. Realizamos un experimento sencillo. Sentados en círculo alguien le contaba un relato corto al oído del que estaba a su derecha. El que escuchaba el cuento a su vez lo replicaba al oído del que estaba también a su diestra. Así sucesivamente hasta terminar de transmitir el cuento a todos los participantes. El resultado era bastante asombroso, porque el cuento original nada o poco tenía que ver con el que narraban al final. Se habían agregado y quitado elementos. Aquello demostraba que lo que recordamos no era necesariamente lo que ocurrió. A esta diferencia la psicología contemporánea llama “ilusión de memoria”.

La conciencia fluye en tres etapas temporales. Así lo explica Husserl en sus Lecciones de Fenomenología de la conciencia interna del tiempo. Una etapa trabaja en el pasado (retención), otra el presente (protoimpresión) y otra al futuro (protensión). Pasado, presente y futuro son los tres tiempos de la conciencia. Pero estas etapas no funcionan de manera independiente, se estructuran juntas y lo hacen de manera simultánea. Por ejemplo, podemos subir una escalera porque recordamos como hacerlo, al tiempo que nuestra intención en el presente es subirla. Pero ninguna de nuestras acciones se podría realizar, sino tuviéramos un objetivo para hacerlo. Proyectaremos imágenes para el futuro preparando las llaves de manera anticipada para abrir la puerta que está sobre las gradas.

Hace décadas se creía que tales funciones temporales estaban desconectadas entre sí. Por ejemplo, que los recuerdos estaban guardados como si fueran archivos inmutables en una estantería. El presente generaba imágenes que eran archivadas de forma pasiva en esa estantería, y cuando uno imaginaba proyectos en el futuro no se le atribuía una relación explícita con el presente y el pasado. Sin embargo, investigaciones en el campo de la filosofía, fenomenología y psicología demostraron que nuestras percepciones presentes eran interpretadas con base en recuerdos precedentes, en eventos pasados. Así, por ejemplo, si de niño en el momento que saboreaba un helado, alguien de mala manera o con violencia tiraba el helado al piso y añadía golpes, insultos o improperios, la escena quedaría grabada como una escena dolorosa y relacionada con el helado. En el presente, cuando alguien le ofreciera un helado a esa persona, ella lo rechazaría porque le traería dolorosos recuerdos. La persona quizá no sea consciente de lo que le provoca el rechazo y aseguraría que no le gustan. Por supuesto nunca imaginará un futuro feliz colmado de deliciosos helados.

La conciencia actualiza los recuerdos pudiendo estos alterarse con momentos imaginados y, una vez recordados, “guardarse” con esa nueva actualización, convirtiéndose en un recuerdo que intente ser coherente con sus intenciones, aunque no con lo ocurrido.

Por otra parte, ni siquiera vemos clara y completamente lo que sucede a nuestro alrededor. Es muy común aquello de salir con alguien y cuando recordamos lo sucedido cada quien detalla elementos que el otro no vio. Solo vemos pequeñas secciones de los eventos. Por ese motivo la validez de la descripción que realiza un testigo en caso de algún crimen, ya no tiene la misma solidez para muchas cortes en Estados Unidos y otros países. Existen muchas vivencias subjetivas que podrían alterar la información que otorga el testigo.

Al respecto, en el campo de la filosofía existen dos ámbitos cuyas diferencias han sido, en cierta medida, el motor de la dialéctica filosófica. Me refiero al subjetivismo y al objetivismo. El primero indica que la idiosincrasia del individuo determina los conocimientos que este pueda alcanzar. Indica que toda verdad está subordinada al sujeto y por lo tanto no puede haber una verdad universal. El segundo nos dice que si existe una verdad debe ser la misma para todos, puesto que la verdad es independiente del sujeto.

Estos dos ámbitos explican la necesaria diferencia que se debe realizar entre las creencias y las ideas. Ortega y Gasset decía que las ideas se tienen y en las creencias se está. Las creencias son subjetivas, dependen de cada quien y no cuentan con la verificación necesaria. Las ideas en cambio deben ser objetivas y verdaderas para todos, son susceptibles a la verificación lógica o experimental. Las personas rigen sus vidas por lo que creen no por las ideas que tienen. Basta ver como organizan sus vidas. Es muy raro encontrar que las personas se cuestionen sobre lo que consideran una verdad que fue transmitida desde sus padres o incluso desde generaciones anteriores. Uno cree que, si lo dice una persona importante es correcto. Incluso nadie se cuestiona sobre lo que los profesionales de cualquier índole afirman. Hace décadas se creía que los niños debían dormir bocabajo para evitar la asfixia en caso de vómito. Hasta que fue desmentido por muchas investigaciones que demostraron que era poco frecuente que un niño vomitara a no ser que tuviera reflujos, lo cual no necesariamente ocurre durante el sueño. Además, se demostró que había más casos de muerte súbita relacionados con ese procedimiento.

Lo que se dice vox populi es rara vez cuestionado, se lo considera como una verdad que debe ser respetada ciegamente, la que no está exenta de cierta vanidad al difundirla, en especial en charlas de café. Es el argumento ad populum o sofisma populista. Si lo dicen todos es porque es verdad. Un argumento muy utilizado en la política. Suele pasar desapercibido para personas no acostumbradas al oficio de razonar. Pero, ¿es verdad todo lo que se dice? ¿Que el café es diurético? No más que la proporción de la misma taza de café que se consume. ¿Que usamos solo el 10 % de nuestro cerebro y que los genios usan un 15 o 20 %? La resonancia magnética demostró que en realidad siempre usamos todas las áreas del cerebro. ¿La música de Mozart hace más inteligente a quien la escucha? Pero luego del efecto Mozart apareció el efecto Beethoven y no falta quien proponga el efecto de los demás compositores. Con millones de personas escuchando música clásica deberíamos estar rodeados de genios y aún más en la época del romanticismo o el clasicismo donde la música popular era, efectivamente, lo que ahora llamamos música clásica. Desde ya dejar la ventana abierta no provoca los resfriados.

Como decía Aldous Huxley en Un mundo feliz: “La filosofía nos enseña a sentir incertidumbre ante las cosas que nos parecen evidentes. La propaganda, en cambio, nos enseña a aceptar como evidentes cosas sobre las que sería razonable suspender nuestro juicio o sentir dudas”.

·Harold Kurt nació en La Paz. Amante de la música y la buena literatura. Pronto lanzará su libro de ensayos Imagen y sentido por editorial Kipus, Bolivia, bajo el sello World Young Writers.

Es más fácil creer en lo que se dice que cuestionarlo, por la simple razón que eso nos genera una vida más llevadera. Hoy en día hay una tendencia a creer absolutamente todo lo que se dice, venga de donde venga. Umberto Eco decía: “el drama de Internet es que ha promocionado al tonto del pueblo al nivel de portador de la verdad”. Por supuesto que la mayoría de las personas no pueden vivir haciéndose problemas por todo lo que ven o escuchan sin cuestionarlas. Es más fácil y cómodo vivir así y valga decirlo, es más fácil vivir en la oscuridad, como en el mito de la caverna de Platón. Una de las cualidades de las creencias es que parecen ser eternas. Las creencias nos generan estabilidad. En un ejemplo que da Ortega y Gasset dice que, cuando entramos a una casa estamos seguros de que la calle seguirá donde estaba cuando salgamos. La posibilidad de que la calle no esté afuera ni se nos ocurre. Una seguridad que por supuesto no se piensa. Las creencias no se piensan, no se cuestionan, solo se las acepta. ¿Pero qué pasaría si abrimos la puerta y descubrimos que la calle ha desaparecido? Con las creencias no necesitamos cuestionarnos, pero sí necesitamos contar con ellas. En este sentido, no podemos vivir sin creencias. Salimos a la calle con la completa seguridad de que la calle seguirá ahí, confiamos y contamos con ello.

Lo que queda claro es que las personas no viven por las ideas sino por sus creencias, es decir, con lo que cuentan, no con lo que piensan. De puro contar se deja de lado pensar. Porque es un error llamar pensar al solo hecho de repetir lo que otros dicen. Sin duda, suponen muchos, que cuando uno se refiere a las creencias se está refiriéndose solo al ámbito de la religión, pero en el sentido descrito las creencias cubren el ámbito de la vida cotidiana, la ciencia, la política, las creencias filosóficas. Es que las creencias son lo que son porque uno no hace consciencia de ellas y peor aún porque no se las cuestiona. Una de las cualidades más fuertes de estas creencias es que no pueden desmoronarse con razonamientos ni argumentos, salvo por un interés legítimo y personal de ponerlas en duda o para reemplazarlas por otras creencias. Por este motivo, intentar destruir las creencias ajenas con razonamientos lógicos, por muy pulcros e inteligentes que sean, están destinados al fracaso. A no ser que la contraparte predisponga una considerable apertura para entender los criterios que se le exponen. Karl Popper en La sociedad abierta y sus enemigos (Paidós, 2010) define así el racionalismo: “…Podríamos decir, entonces, que el racionalismo es una actitud en que predomina la disposición a escuchar los argumentos críticos y a aprender de la experiencia. Fundamentalmente consiste en admitir que “yo puedo estar equivocado y tú puedes tener razón y, con un esfuerzo, podemos acercarnos los dos a la verdad”. Luego dice: “La actitud racionalista se caracteriza por la importancia que le asigna al razonamiento y a la experiencia. Pero no hay ningún razonamiento lógico ni ninguna experiencia que puedan sancionar esta actitud racionalista, pues sólo aquellos que se hallan dispuestos a considerar el razonamiento o la experiencia y que, por lo tanto, ya han adoptado esta actitud, se dejarán convencer por ellos (…) Debemos concluir de aquí que ningún argumento racional tendrá un efecto racional sobre quien no quiere adoptar una actitud racional”.

El mero hecho de cuestionar las creencias nos permite salir del campo de su influencia y con ello introducirnos en el campo de las ideas, que a diferencia son cuestionables, temporales y susceptibles a ser refutadas en cualquier momento. Deben ser demostradas, y en ese sentido son poco prácticas. Las ideas son variables. Una vez le preguntaron al gran filósofo alemán Martin Heidegger para qué servía la filosofía y él respondió “para a problematizarnos”. Es que preguntarnos por lo que nos rodea significa meternos en problemas, pero en sentido positivo. Una de las razones para resolver esas preguntas es dotarle de sentido a la vida. Por eso mismo, la filosofía comienza con una pregunta. Filosofar es preguntar. El hombre es crédulo, por lo que es raro encontrar a aquellos que conforman la estirpe de los filósofos. En cuanto nos preguntamos sobre algo, la problematizamos, la cuestionamos, solo en ese caso surgen las ideas como soluciones, como estructuras, como imágenes que pretenden un sentido. Las ideas aparecen cuando son pensadas y discutidas. El hecho de ver que las cosas siempre caen cuando se las sueltan desde cierta altura, nos lleva a afirmar que las cosas caen sin más. ¡Pero qué diferencia, qué nuevo estado de conciencia aparece al preguntarnos por qué las cosas deben caer! ¿Qué fuerzas determinan la caída? Por consecuencia de ello alguien como Newton descubre la gravedad. La idea de la gravedad surgió, apareció por inquietud, por esfuerzo, por una intención.

Pero uno no crea la vida ni la sostiene pensando en la fuerza de gravedad ni en el cuadrado de la hipotenusa. Incluso pensar en ello puede resultar inútil a las imperiosas necesidades de la vida cotidiana. Razón por la cual la filosofía solo es sostenible si se convierte en un estilo de vida y no en una carrera académica que solo repercute en las aulas. Es una manera de vivir perplejo ante la vida. Cuestionándonos surgen las ideas y son ellas las que cambian el mundo y nuestra vida. Las creencias se mantienen hasta que surge una idea.

¡Oigan marineros, no naveguen más allá del horizonte que terribles criaturas habitan en los mares! Sin comprobarlo jamás, esa creencia medieval cundía y evitaba grandes hazañas de exploraciones marítimas. Pero luego se cuestiona su veracidad, se preparan embarcaciones capaces de navegar por meses. La aventura comienza y se descubren nuevos mundos. No por una creencia sino por una idea.

Las creencias son lo común, lo que uno vive y habita; y las ideas lo extraño, lo que rara vez surge. Significa que uno vive la mayor parte de su vida en el lugar de lo que no se percata, de lo que no se cuestiona. Vive como autómata aceptando y creyendo que la vida es de una u otra forma porque así es y no de otra manera. La mayor parte de las personas vivimos en la oscuridad si es que alguna vez no nos cuestionamos por qué las cosas son así y no de otra manera.

¿Y no es esta la pregunta que acuñó Leibniz? ¿La más importante de la filosofía?, que dice: ¿Por qué hay algo y no más bien nada? Es esta pregunta fundamental la que tiene el efecto casi mágico de sacarnos del manto oscuro de la ignorancia. Por supuesto no me refiero a la ignorancia por no ser docto, de ninguna manera. Me refiero a la ignorancia de no saber por qué son así las cosas y no de otro modo. Me refiero a la divina ignorancia que pregonaba Sócrates, que decía que no sabía nada y, en efecto, por ello se cuestionaba todo. El principio de razón suficiente lo enuncia de la siguiente forma: “nada sucede sin que sea posible, a quien conociera bastantes cosas, dar razón suficiente a determinar por qué es así y no de otro modo”.

Cuán diferente sería la vida si dejáramos de aceptar ciegamente lo que se nos muestra, lo que se ve en una pantalla, sobre lo que se informa en la televisión, en un canal de YouTube. Existirían personas menos crédulas y más despiertas. Los medios son engañosos, las noticias no siempre son sinceras. Vivimos en una época donde se prefieren las creencias y que estas se multipliquen por doquier porque cuanta más oscuridad, credulidad exista, menos gente se cuestionará lo que está sucediendo en el mundo. Lo que es una ventaja para el sometimiento tanto físico como psicológico de ciertos sistemas.

No es casualidad que la materia de filosofía haya sido erradicada de los planes de estudio. Decía Sartre que la estupidez es opresiva. Fomentarla es la táctica que utiliza el sistema para someter y sojuzgar. Hay estudios que indican que desde 1940 la inteligencia estaba disminuyendo. Quizá esta noticia ya no nos asombra al ver el mundo en que vivimos.

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